Pensamientos de un paciente que tuvo cáncer de piel
- hace 5 días
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Ahora tiene lugar la reconstrucción. No lo percibo como un regreso, sino como una corrección: el cuerpo utiliza fragmentos de sí mismo para enmendar un problema que él mismo produjo. De la mejilla se tomó un colgajo que transfirió sangre y forma para que la nariz vuelva a ser; de la oreja se extrajo un cartílago, destinado a restaurar una simetría aproximada, una fidelidad razonable a lo que una vez existió. No hubo deliberación alguna en el proceso. Los tejidos simplemente aceptaron el desplazamiento, asumieron una nueva función y se adaptaron a lo que la medicina denomina «el defecto». La palabra permanece, pero el cuerpo no discute con ella; se limita a trabajar a su alrededor.

Al tercer día, el organismo empieza a comportarse como si hubiera tomado una decisión sin consultarme, aceptando una lógica inédita. Y no lo hace por convicción, sino por pura obediencia, como si de repente hubiera comprendido que ante este fallo no existe apelación posible.
Así, media nariz desapareció sin mayores dramas. Ahora el espejo no ofrece resistencia: me devuelve una silueta que reconozco y que, al mismo tiempo, sé que no me pertenece.
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Ahora entiendo que las marcas se quedarán. No lo harán como un recuerdo heroico, sino como un sello administrativo; como si mi anatomía hubiese sido timbrada tras un procedimiento que no recuerdo haber solicitado. Estas cicatrices no son bellas ni terribles: son, simplemente, exactas. Permanecerán ahí no en calidad de castigo, sino como una prueba irrefutable de que el cuerpo atravesó un proceso y, a pesar de todo, eligió continuar.
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Viví una experiencia que agudizó mi conciencia. Hay presencias que también nos enferman... Presencias no siempre visibles, no siempre nombradas. Existen realidades que no se pueden negociar y cosas que, inevitablemente, deben ser extirpadas. Como mi carcinoma.
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Hoy elijo quedarme con lo que sana. Con un cuerpo que posee el saber para reconstruirse, con la luz que insiste en filtrarse y con la certeza de que la vida, incluso después de la violencia, siempre encuentra una manera de volver a ensamblarse.
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La semana pasada fue, al fin, una buena semana. No solo porque el sol aflojó el yugo del invierno, sino porque su claridad alcanzó el término de este túnel. Ya no quedan vendajes. La herida ya no exige supervisión, sino únicamente tiempo. La curación sigue su curso: lenta y exactamente como debe ser.
Andrés Aluma Cazorla

































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